El Postre de Peras y El Arbol de Navidad

Recuerdo, cuando era todavía nino, cerca de la Navidad, mi madre nos pedía que, con cuidado, sacáramos de las cajas todos los adornos para el árbol.  Eran épocas en que todo se cuidaba, porque no existía la masificación de hoy en día y era un verdadero placer el desenvolver y perderse en las luces y reflejos de las concavidades de los espejados adornos. Era hasta mágico, diría yo, poder mezclar el aroma del jazmín, que comenzaba a venderse por las calles, con los aromas que despedían el pan dulce y el budín inglés. Había como una suerte de contradicción al recrear escenarios invernales, con nieves artificiales que provenían del Algodón Cisne o si conseguíamos algunos envases de conservadoras de helados de espuma plast que las despiadadas brisas veraniegas terminaban desparramando por toda la casa.

Para el armado del árbol navideno, había una suerte de rutina que comenzaba con sacar el mismo de su envoltorio de papel de diario; luego, de abajo hacia arriba, se iban abriendo las perfectísimas “ramas” que circundaban el “tronco”, con cuidado porque los anos hacían que el metal de las mismas se oxidara y corriera el riesgo de quebrarse.

Una vez abierto, comenzaba la etapa de la colocación de la “nevada”, como ya dije anteriormente, para continuar con la colocación de los adornos, del centro hacia afuera, dejando los más grandes para las ramas que estaban más abajo.

Por último, la colocación de las guirnaldas: aquí es donde viene la razón de estas líneas.

En más de una ocasión, mi madre nos contaba que estaba la Virgen María armando el arbol para el Nino Jesús, cuando se acercó una aranita y le preguntó si podía recorrer el arbol para poder obrservarlo detenidamente, a lo que ésta le contestó que sí.

Cuan grande fue la sorpresa de la Virgen, al ver que la aranita iba dejando su hilo a traves del recorrido, cubriéndolo totalmente.

Se operó así el milagro de transformar los hilos de la tejedora en las guías que conocemos hoy que visten y adornan al arbol.

Más allá que los detractores puedan decir que la Virgen y Jesús jamás se pudieran haber visto involucrados en una escenificación navidena, los cuentos, cuentos son, y el placer de inventar una historia bien vale la pena para que, a través de esta clase de recuerdos, podamos hacer que nuestros seres queridos vivan en nosotros.

Disenando este postre de peras, a la hora de colocar el caramelo ahilado sobre su superficie, me trajo a la memoria el cuento de las guirnaldas y el arbol navideno y más allá de eso, el recuerdo de mi madre.  Homenaje para ella, entonces, a traves de esta creación.